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pueblo que respira gamexane
Argentina tóxica Texto Gabriel Michi Fuente: Revista Nueva, Nro. 502. Del día 25/02/01
En Argentina el tiempo pasa como una letanía. Ya no tiene expectativas de prosperidad. Sus comercios son sólo vestigios de algún sueño robado. La industria no existe. Muchas de sus campos más ricos hoy están inundados. Su economía depende de algún salvataje financiero llegado desde muy lejos. Argentina ve como sus habitantes jóvenes se van para no volver. La presencia del Estado se resume a su más mínima expresión. Sus servicios funcionan en forma limitada. A veces ni siquiera está identificada en los mapas. Las miradas de los poderosos parecen ignorarla. Pero éste no es un diagnóstico del país, sino de una pequeña localidad. Argentina queda en la Argentina. Más precisamente en el sudoeste de Santiago del Estero. Su historia, su presente y su nombre escriben una metáfora del país. O una profecía dramática. Es un pequeño pueblo a la vera de la ruta 34. Tiene apenas 80 habitantes en su casco "urbano". Y unos 180 en el campo. Son 28 casas desparramadas en forma irregular en dos manzanas y media. A 300 kilómetros de Santiago del Estero, muchos la conocen como Estación Argentina, pero como otra paradoja de su existir, ya ni esa identificación tiene lógica: hace varios años la ola privatista dejó sin trenes de pasajeros a la localidad. La Estación construida a fines del siglo XIX- sólo sirve hoy para albergar a algunos habitantes sin vivienda. En una de las salas de espera de la estación funciona es una forma de decir- el único teléfono del pueblo. Lo hace con energía solar y los modernos paneles chocan con la escenografía. El teléfono dejó de funcionar hace algunas semanas. El día que lo repararon -el 18 de enero- un rayo volvió a aislarlos.
Depósito maldito Sus postales del olvido se encuentran sintetizadas en un hecho ocurrido hace poco más de diez años. El 18 de junio de 1990 un tren cargado con un misterioso equipaje desembarcó en Argentina. Un grupo de diez obreros de Vías y Obras de Ferrocarriles Argentinos -por entonces en manos del Estado- comenzó a bajar bolsas de polietileno negras, blancas y verdes con una extraña sustancia. No tenían trajes especiales, ni ninguna protección. Los empleados fueron por su cuenta a comprar diez pares de botas y los guantes al almacén de doña Carmen Mujica de Góngora. A ella le resultó sospechoso el movimiento e inquirió a quien coordinaba el grupo, un ingeniero llegado de Tucumán llamado Esteban Camacho: "¿Qué están bajando?". "Nada malo, señora. No se preocupe contestó Camacho-. Son bolsas con Bitosan (alimento balanceado para gallinas) que está en mal estado." Pero el olor que emanaba el cargamento no parecía tan inofensivo. "¿Por qué no se lo llevan a otro lado? ¿Por qué lo traen acá a la Argentina? No se acuerdan nunca de nosotros para darnos agua, luz o teléfono pero se acuerdan para traernos esas porquerías. ¿Acaso, no somos seres humanos nosotros?", le recriminó indignada. Camacho se dio media vuelta y no contestó nada. En menos de diez horas el depósito tóxico más grande detectado en Sudamérica y uno de los cincuenta más importantes del mundo (según denuncia Greenpeace) ya estaba ahí para quedarse. Las 30 toneladas de Gamexane producto fabricado por ICI Duperial, que luego fue prohibido en casi todo el planeta-, de muy difícil degradación, fueron enterradas al costado de las vías, a 80 metros de la estación, en terrenos de Ferrocarriles. Hoy, Carmen Góngora sigue enojada: "Han venido miles de veces con promesas de todo tipo y el Gamexane sigue ahí, matándonos día a día". Por momentos piensa que la única solución para que les presten atención sería cortar la ruta 34. Pero sabe que hay vecinos de Argentina que han tomado otra actitud o que ya se resignaron. Doña Carmen hoy atiende el puesto de correo. Su marido, don Dermidio Góngora, está al frente del humilde almacén que era de su padre. Antes era al revés: ella en el local, él en la estafeta. Dermidio es alérgico al Gamexane y eso le ha traído más de un problema. Pero igual permanece allí. Aunque no pudo vender sus 1.066 hectáreas de campo por el problema que generó el tóxico, sigue campeando las vicisitudes detrás del mostrador. Su única competencia es el almacen de su hermano Mario. Son los dos locales que proveen de todo lo necesario al pueblo. En Argentina no hay más negocios que los de los Góngora. Mario es también presidente del Club Atlético Argentina, que no tiene lugar físico, pero sí un equipo de fútbol. Sus camisetas son iguales a las de la Selección Nacional. Pronto levantará un tinglado en un terreno suyo, donde funcionará el club.
El cáncer ataca A don Mario Góngora lo acorralló una triste paradoja. Él fue el jefe de estación durante 34 años. Estaba a cargo de ella cuando bajaron el contaminante, pero no pudo hacer nada para evitarlo. Un extraño acuerdo con una dependencia ajena de FFCC había llevado el cargamento hasta allí. Hoy, Góngora atraviesa la situación más difícil de su vida. Su mujer, doña Celsa Farías la enfermera histórica del pueblo- está internada en el Hospital Italiano de Buenos Aires. Tiene cáncer. Y es aquí donde entra en juego el dato que más preocupa a los lugareños. En menos de dos años tuvieron tres casos de cáncer: el de doña Góngora, el de Adela Cañete que atiende el teléfono del pueblo y no quiere dejar solo a su hijo Cristian, de 12 años- y el de Mercedes Cristina Brizuela, quien murió hace 11 meses. Aunque todavía no se pudo comprobar si las muertes están relacionados con el enterramiento, las sospechas crecen día a día. La desaparición de Mercedes dejó a su marido, Felipe Tolosa, a cargo de sus siete hijos. Viven a poco más de cien metros del lugar donde está enterrado el producto tóxico. Felipe fue también "víctima" de un hecho positivo para el país: cuando la Nación se declaró "libre de aftosa", Felipe perdió su trabajo en el SENASA como vacunador de hacienda en los campos de Argentina. Está sin trabajo y, a pesar de sus tragedias, ama ese lugar. Toca la guitarra y hasta compuso una copla en su homenaje donde remarca su orgullo de ser doblemente argentino. Pero Felipe tiene sospechas de que la muerte de Mercedes podría tener que ver con el depósito. Y por sus hijos Rubén, Paola, Natalia, Javier, Diego, Angel y Sergio, dice que no va a parar hasta saberlo. Por eso como otros- les dio la historia clínica de su mujer a una abogada de Buenos Aires, María Eugenia Giambra. Aunque no hay estudios que demuestren si el Gamexane ya llegó a las napas, casi todos coinciden en que eso sería lo más probable. Las bolsas en los que lo enterraron son de poca resistencia y las napas están a flor de suelo. La corriente de las napas se dirigen hacia el ecosistema de Mar Chiquita, en la vecina Córdoba, lo que podría generar una contaminación potencial en la flora y la fauna de una zona muy vasta. "De hecho, en Argentina se sabe que las plantas se nutren de esas aguas y que los animales ingieren esas plantas, por lo que llega a los habitantes a través de sus carnes"; explicó Verónica Odriozola, de Greenpeace, la agrupación ecologista que en diciembre pasado tapó el lugar con bolsas, para evitar que el polvo se siga desparramando.
Aguas bajo sospecha Por eso, los cuidados que tienen los pobladores no alcanzan. Hace años que no consumen el agua local por miedo a la contaminación. Los que pueden, la compran en bidones en los pueblos cercanos. Los que no, recolectan el agua de lluvia de los techos y ventanas. La flamante y pequeña planta potabilizadora del pueblo suele tener problemas de funcionamiento. Y la calidad del agua que brinda no sirve para ser bebida. Los pobladores la usan para otros menesteres. En Argentina sólo hay un puesto sanitario, donde atiende el auxiliar de enfermería Hugo Aballay, de 23 años. Para conservar los medicamentos debe usar la heladera de un vecino. Y no tiene tubo de oxígeno, a pesar de la necesidad por las emanaciones de Gamexane. Aballay es de Pinto la cabecera del partido, ubicada a 60 kilómetros de Argentina- adonde se va todos los fines de semana. El pueblo queda con la sola asistencia del agente sanitario Hugo Muiño, el mismo que vacuna a los animales en los campos. Muiño es el último resabio de la presencia del Estado nacional en Argentina. Del lado de la provincia sólo quedan el policía y la maestra. Los demás ex empleados de los servicios públicos fueron privatizados. Como Luis Benítez, empleado de la empresa privada de electricidad, quien junto con su mujer Rosa y sus hijos constituyen casi el 15 por ciento de la población de Argentina. Benítez vive con sus nueve pequeños de quince años para abajo- en una humilde casa donde acaban de estrenar una conexión satelital para televisión. Los Benítez son los vecinos que viven más cerca del depósito tóxico. Apenas 30 metros los separan de las 30 toneladas de Gamexane. Vanessa, Sergio, Sebastián, Nazareno, Carmen, Valeria, Cristian, Lucía y Gustavo son potenciales víctimas de la amenaza tóxica en Argentina. "Hay días en que la humedad levanta un olor insoportable y provoca mucho dolor de cabeza", cuenta Luis. La luz llegó a la pequeña Argentina hace tres años, pero no a todos. Además, el Estado provincial sólo les provee de electricidad de 19 a 1 de la madrugada. De 9 a 11 de la mañana tienen luz sólo si pagan el combustible de los generadores. No hay gas natural, sino garrafas. Ninguna calle tiene nombre. Y en la capilla sólo hay misa una vez por mes. Aunque en el último tiempo, con la sucesión de tragedias, se han multiplicado. La máxima autoridad comunal del pueblo es el policía. El cabo Luis Antón llegó al pueblo hace 15 años, para reemplazar a su suegro. Además de jefe del destacamento, Antón es profesor de inglés y gimnasia en la escuela del pueblo que dirige su mujer, Mariel Cutini. Y también es el presidente de la asociación comunal, algo que según la intendencia local sería incompatible. Antón quiere tener todo bajo control en el pueblo. De hecho, cuando el equipo de periodistas de Nueva llegó a Argentina para hacer la nota, el policía requirió los datos personales y la razón de la visita. "Es para informar a mi superior, el oficial Ramírez, de Malbrán", se justificó. En el destamento local hay una celda que fue ocupada por última vez en 1987. Fue un caso de hurto de ganado, el delito más común en la mansedumbre de Argentina. El policía no quiere oír hablar del Gamexane. Antón conoció a su mujer cuando estudiaba magisterio. Ella se recibió. A él le faltan cinco materias. Mariel es la maestra de los 23 chicos que cursan la primaria en la escuela Congreso de Tucumán, la única de Argentina y que oficialmente no fue inaugurada: tiene la placa, pero los autoridades faltaron para el estreno. A los alumnos de primero a cuarto grado, Mariel les enseña en la única aula. A los más grandes, en la Dirección de la escuela. El comedor es fundamental. La escuela tiene dos televisores, una video y una pantalla satelital, pero sus paredes chorrean humedad. El edificio escolar está a menos de cien metros del enterramiento tóxico. "Y hay días que los chicos casi no pueden respirar por el olor a Gamexane", cuentan los padres. El cementerio de Argentina tiene más cantidad de tumbas que las casas que se levantan en el pueblo. Hace unos días enterraron allí a Don Sixto Cutini, el habitante más antiguo que tenía el pueblo. Este italiano tenía 93 años y había llegado allí en la década del 30. Incluso en su casa funcionaba la "oficina" de rentas y el registro civil y se había convertido en el más grande terrateniente de la zona. Con Don Sixto se fue la historia del pueblo. El pueblo conoció tiempos mejores. Cuando el ferrocarril paraba en su estación se generaba un gran movimiento económico y de gente. Los sulkis cargaban y descargaban mercaderías. En la parada los viajantes se reunían a tomar y jugar aguerridas partidas de truco loco. Llegaron a haber cerca de mil habitantes entre el pueblo y los campos. Pero cuando el tren dejó de parar, la crisis del campo se precipitó y las inundaciones hicieron lo suyo, nada de aquello quedó.
Yo, argentino El contexto pareció ideal para la impericia. El intendente de Pinto, Emilio Rached, se lo dijo al presidente Fernando De la Rúa, a varios gobernadores y otros funcionarios: "Lo que pasó en Argentina es un hecho de impunidad". Pero sus permanentes reclamos no son oídos. Lo mismo le ocurre a Greenpeace, que no se cansa de denunciar el peligro que este depósito representa para la gente de la zona y sus vecinos. Los lugareños aún no entienden que fue lo que pasó. La empresa ICI Duperial se exculpa, como los funcionarios. Los proyectos sobre qué hacer con el contaminante van y vienen. Pero lo cierto es que cuando este producto fue prohibido en todo el mundo, quedaron miles de toneladas deambulando. Muchas entraron a nuestro país. Un día cuando aquí también se prohibió- un tren con 30 toneladas de Gamexane salió de la estación de la Capital Federal, en busca de algún detino. Llegó a la estación Las Palmas, en la localidad bonaerense de Zarate en noviembre de 1988. Casi dos años después, partió para el norte. Pasó por Ceres en Santa Fe- y por Selva, ya en Santiago. En todas esa localidades los rechazaron. Pero quedaba una esperanza para los clandestinos. Había una estación perdida en el mapa. Parecía ser el lugar ideal para la tropelía. Y coronaba su impune metáfora. Se llamaba Argentina.
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